Anti-propuesta No. 1: menos Estado, regulación limitada

La primera de mis propuestas en esta “anti-campaña” consiste en reducir sustancialmente las actividades que desarrolla el Estado, así como la regulación de él emanada y que restringe la libertad de actuación de las personas y empresas en el mercado.

Ojo, no se trata de “reducir por reducir”, sino de tener un Estado eficaz y eficiente en cumplir  las tareas que realmente debe cumplir. ¿Y cuáles son esas tareas? Como podrán notar si han seguido el blog, mi orientación liberal me lleva a creer en un estado reducido, limitado básicamente a proveer seguridad, justicia, a defender la propiedad privada y a servir de plataforma para la libre contratación (ver un interesante artículo sobre el Estado mínimo, aquí).

En esa línea, no debemos perder de vista qué es el Estado y para qué sirve el Estado. El Estado no es otra cosa que un mecanismo de reducción de costos de transacción, un mecanismo para establecer las “reglas de juego” que deben regular la vida en sociedad (legislar), y luego hacerlas cumplir. Asimismo, el Estado sirve para mantener la paz y la seguridad, es decir, para evitar el “estado de guerra” al que hacía referencia Hobbes.  Y para ello mantiene el monopolio de la fuerza.  Sólo en el “estado de paz” que el Estado garantiza, el ser humano puede sacar el mayor beneficio posible de sí mismo (de su trabajo y su talento) y de su propiedad.

Lamentablemente, desde que en la Europa del Siglo XIX comenzó a instaurarse el denominado “Estado del bienestar” o “Estado social” ha arraigado en nuestras sociedades la creencia de que el Estado es el llamado a proveer ciertos (cada vez más) bienes o servicios esenciales para que todos los ciudadanos puedan “mantener el nivel de vida necesario para participar como miembro pleno en la sociedad”. Como consecuencia de ello, no es inusual que cualquier necesidad o aspiración humana se convierta automáticamente en un “derecho”: derecho a la salud, derecho a la educación, derecho al agua limpia, derecho al trabajo y hasta derecho a “precios razonables”. No es inusual tampoco que todo se vuelva “público”: transporte “público”, telefonía “pública”, lugares “públicos”, dando pie a regulaciones y restricciones de uso. Así, en nombre de la “justicia social” el Estado se expande más y más para convertirse en el gran proveedor de la Sociedad. Mucha gente puede pensar que eso es “justo” pues así “todos tenemos todo” o “todos tenemos lo mismo”. Es por eso, precisamente, que reducir el Estado es poco rentable políticamente. Es por eso que ningún político propondría lo que aquí se propone (incluso si pensara como yo).

No obstante, este gran sistema de distribución no sólo cuesta, sino que es ineficiente, provee mal, tarde y a veces nunca. El fracaso de los estados socialistas es una clara prueba de ello. Alguien me dirá, claro, que el Estado social no es comunismo, que es un punto medio. El tema es que sin darnos cuenta, poco a poco el Estado social se expande; y caemos en un “círculo vicioso” de regulación e intervencionismo.  A mi juicio, el Estado sólo debería ser proveedor de bienes o servicios subsidiariamente, cuando la oferta privada no es posible en el corto o mediano plazo o en casos de pobreza extrema.

Es obvio que mi concepción acerca del concepto de Estado y de su alcance está profundamente marcada por mi orientación ideológica. Pero más allá de las ideologías, creo que es un tema de pragmatismo (en el buen sentido de la palabra): dado los escasos recursos con los que cuenta nuestro Estado para implementar políticas públicas, debemos priorizar adecuadamente aquellas áreas en las que éste interviene. En otras palabras, no se trata de reducir el Estado por reducirlo. Sin embargo, es evidente que el Estado realiza más actividades de las realmente necesarias: interviene como prestador de servicios allí donde la demanda privada podría resultar más que suficiente, establece prohibiciones sin sentido (como en el caso de las drogas) que demandan altos costos de administración y enforcement; regula industrias competitivas; realiza innumerables y fallidos intentos de “fomento” y supervisión, entre otros.

Yo pienso, por ejemplo, que no es necesario contar con un Ministerio del Medio Ambiente o un Ministerio de la Cultura (esto bajo riesgo de que muchos amigos me quiten el habla) o como, algunos proponen, un Ministerio del Deporte. No es que el ambiente o la cultura no sean importantes, ciertamente lo son, y mucho. No obstante, que un área determinada sea importante no quiere decir que necesariamente debamos montar un complicado aparato legal y burocrático alrededor de ella. En muchas áreas, el establecimiento de un adecuado marco legal y la supervisión de un regulador o del mismo Poder Judicial son suficientes. En el caso del medio ambiente, reglas de propiedad que incentiven la conservación de los recursos y reglas de responsabilidad (responsabilidad civil y multas) podrían ser suficientes. En el caso de la cultura, ciertamente son los privados (artistas o deportistas) los que más aportan, por lo que podrían generarse reglas que incentiven la canalización de recursos hacia ellos (por ejemplo, exoneraciones tributarias a las donaciones) por quienes más consuman sus obras o performances.

Pero incluso si llegamos a la conclusión de que se necesitan ministerios como los citados, ¿es realmente inteligente crearlos, implementarlos y financiarlos cuando ministerios ciertamente más importantes (interior, justicia, salud, educación) no funcionan adecuadamente? Personalmente creo que lo inteligente sería priorizar los múltiples objetivos que tiene el Estado, aun cuando ello implique dejar de hacer algunas actividades que podrían ser necesarias.

Reduciendo el Estado podemos hacerlo más fuerte en las áreas en las que realmente se le necesita: pagar mejores sueldos a los empleados públicos, capacitarlos y adquirir/mejorar las herramientas con las que supuestamente deben contar para cumplir sus funciones. También podríamos hacer llegar el Estado a regiones geográficas a las que actualmente no llega.

Además, reduciendo las áreas en las que el Estado interviene no se requerirá cobrar tantos impuestos, liberando de esta manera recursos que pueden ser mejor utilizados en el sector privado para crear y distribuir riqueza (resulta ocioso, por ejemplo, que se de una discusión sobre reforma tributaria o “ampliar la base tributaria” sin antes redifinir lo que hace el Estado y su tamaño). Asimismo, con menos regulación e intervención estatal se reducen las probabilidades de corrupción, al reducirse los campos en los que un funcionario tiene discrecionalidad.

¿Y exactamente cómo y en qué áreas debe reducirse el Estado? Ciertamente la “receta” es muy compleja y debería ser materia de un estudio y explicación más profunda. Me atrevo, sin embargo, a ensayar algunos “principios” que informarían la reducción del Estado y métodos para lograrla:

Principios:

  1. En principio, cada persona es responsable de sí misma, de prosperar en base a su esfuerzo o talento. El estado debe garantizar, en todo caso que haya igualdad de oportunidades, pero no “nivelando el campo de juego” sino removiendo todas aquellas barreras que imposibilitan el libre desenvolvimiento y la cooperación en el mercado.
  2. Toda intervención del Estado debe justificarse en la existencia de verdaderas “fallas de mercado” (utilizo la expresión aunque reconozco que puede ser discutida): monopolios naturales (otro término también discutible), costos de transacción demasiado altos, externalidades que no pueden ser solucionadas entre las partes o asimetrías de información que implican riesgos o costos demasiado altas. Allí donde la oferta privada resulte suficiente, el Estado no debe intervenir como prestador de servicios.
  3. Incluso cuando de acuerdo al “principio” No. 2 se llegue a la conclusión de que una determinada intervención del Estado es deseable, debe hacerse un análisis costo-beneficio para determinar si dicha intervención podría tener algún efecto indeseado o resultar demasiado costosa de administrar. Es posible llegar a la conclusión de que incluso si la intervención es deseable, es demasiado costosa (y a la larga haría más daño que bien).

Métodos:

  1. Revisión de todas las leyes y políticas que no tienen un real fundamento (de acuerdo a lo establecido en el principio No. 2) o que, teniendo algún fundamento, han demostrado su inefectividad. Es el caso, por ejemplo, de la política antidrogas, que trataremos de manera más específica en otro post de “anti-campaña”.  Aun en el supuesto negado de que se considere justificado proteger a individuos (mayores de edad y en pleno uso de facultades) de sí mismos, es obvio que la política antidrogas sólo ha causado enormes pérdidas de recursos y una terrlibe violencia.
  2. Someter la instauración de nuevas áreas de intervención a ciertos “candados institucionales”: cumplimiento de criterios de fondo, existencia de presupuesto, aprobación mediante Ley formal del Congreso (este criterio se ha relajado significativamente en los últimos tiempos).
  3. Que las leyes y políticas que sí valen la pena tengan un adecuado enforcement, priorizando la fiscalización aleatoria y ex post, por sobre la ex ante (que se dejaría para los casos de mayor riesgo). El adecuado enforcement implica que se realice una adecuada capacitación a los funcionarios del Estado, darles independencia, sueldos adecuados (nivelarlos al mercado) y herramientas para realizar su trabajo. Asimismo, deben privilegiarse las regulaciones que favorezcan la competencia (por ejemplo, incentivos para dar más y mejor información) que regulaciones que sustituyen la competencia (fijación de precios y condiciones de comercialización.

3 respuestas a Anti-propuesta No. 1: menos Estado, regulación limitada

  1. Yurek dice:

    Esto me gusta. ¡Libertad! Deberías conformar un verdadero partido liberal, no como esa derecha conservadora y anacrónica –igual que la izquierda–
    que atosiga nuestro escenario político.

  2. […] racionalizar el sistema tributario, y está íntimamente relacionada con la primera, relativa a la reducción del aparato estatal y su ámbito de actuación. Racionalizar el sistema tributario ciertamente es una propuesta compleja, aunque podríamos […]

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